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sábado, 13 de abril de 2013

Escraches: La democracia que nos han robado


"Los derechos siempre se ganan o se pierden en el pulso político. Y una forma clara de ese pulso, hoy, son los escraches."
 
"Si un perro flauta me acosa por la calle, le arranco la cabeza", dice un diputado del PP. Si por molestarte en la calle mereces ver tu cabeza arrancada del tronco, ¿cuál es la pena proporcional por dejarte sin trabajo? ¿Y por no poder pagar el colegio de tus hijos? ¿Y por perder la casa en la que has metido todos tus ahorros durante los últimos diez años? ¿Y por endeudarte de por vida aunque además hayas perdido la casa? ¿Y por perder el acceso a la sanidad, a la universidad, a una pensión, al seguro de desempleo?
     Los que dieron el golpe de Estado en 1936 dijeron que los movió el amor a España . Pero de España, como dijo Franco, les sobraba la mitad de los ciudadanos . Que eran españoles. Que están todavía enterrados en zanjas y cunetas. Desde la patronal nos dijeron que nos fuéramos a trabajar a Laponia. Una parte importante de los jóvenes le ha tenido que hacer caso. Los de siempre. Nunca han existido dos Españas. Eso siempre ha sido una mentira. Hay una España mayoritaria y una minoritaria con mucho poder , capaz de acercar a su bando a una parte de la mayoría. El miedo hace el resto. En la España de ellos siempre están los mismos. Desde los Reyes Católicos y su Inquisición. Por eso, el PP no necesita arrancarle la cabeza a los últimos que pusieron el miedo en su bando. Están ahí, hechas tierra y vergüenza para nuestra democracia.

     El poder, sobre todo, posee eficaces herramientas para amedrentar a una parte importante de la ciudadanía. Medios de comunicación, iglesias, puestos de trabajo, presencia social, ritos, cultura y el Hola. Un diputado dice que no le tiembla la mano para volver a ejecutar disidentes. Antes eran rojos. Ahora, como ya no hay Unión Soviética, son perros flauta. El miedo, y los nombres, siempre los han administrado ellos. Y exhumar asesinados, expropiar unos carritos de la compra, decirles en el portal de su casa que nos están arruinando la vida y la del futuro, cuestionar la monarquía o recordarles que están robándose el país que dicen que aman, les hace caer en una angustia existencial, propia de quien nunca ha tenido la sensación de sobrar en ningún lado.
     La dureza de la respuesta del PP a los escraches es muy lógica. La derecha entiende siempre muy rápido las cosas del poder. La legitimidad del sistema político español está en cuestión. Cuando los esclavos dejan de interiorizar su condición, el amo ya no puede dormir tranquilo. El PP lo sabe: lo que ayer era permitido, ahora no lo es. Aunque lo sigan diciendo las leyes. Habían puesto al mismo nivel cosas que no se pertenecen. La Constitución, las leyes, los jueces, los policías y el portero de su casa les saludaban como personas importantes. Pero han surgido nuevas preguntas. ¿Por qué no permitimos un diputado que defienda la pederastia o la ejecución de las minorías o la lapidación de las herejes o adúlteras —lo perseguiríamos hasta debajo de las piedras, porque la democracia tiene derecho a defenderse—, pero permitimos un diputado que esté a favor de los desahucios? Ese es el cambio. Y es lo que les pone de los nervios. Es una lucha política. Si podemos perseguir a los que roban nuestra tranquilidad, están en peligro. Estamos escribiendo nuevas reglas del juego. Y los que siempre han sido dueños del tablero se asustan.
      Los escraches son reformismo. Pero hasta el reformismo asusta. De ahí la ridiculez de comparar escraches y terrorismo. Recuerdan Pisarello y Asens que "los escraches son una acción informativa, que se ha de hacer "de manera totalmente pacífica" y sin "importunar a los vecinos" . También se estipula que deben realizarse en días laborables y en horario escolar, de modo que los niños nunca sean interpelados. Los casos personales se intentarán explicar sin insultos ni amenazas. Se evitarán ruidos o molestias innecesarios y se procurará ser amables con quienes trabajan en comercios y con los transeúntes. No todas las antiguas reglas han perdido su sentido. Sólo aquellas que únicamente sirven a unas minorías privilegiadas. Pero la situación política está tan podrida que hasta las reglas mínimas de la democracia les están sobrando.
      El escrache es una forma de desobediencia civil. Cumple las tres reglas que marcó Habermas para que sea tal y no caiga en otras formas de desobediencia que carecen de legitimidad: son pacíficas, lo que se reclama tiene carácter universal —no se reclama en exclusiva para uno mismo, sino para todos— y se está dispuesto a asumir las consecuencias de los propios actos. La desobediencia civil es una válvula de seguridad democrática. Surge cuando las demandas sociales van por delante de las leyes y del comportamiento político institucional. Las leyes que ayer nacieron para defender a los políticos del acoso de los monarcas absolutos -inviolabilidad, inmunidad, fueros especiales- se han convertido hoy en formas de privilegio. Si en España tuviéramos una Constitución como la alemana, hace tiempo que el Tribunal Constitucional tendría que haber llamado al derecho de resistencia o habría declarado fuera de la Constitución a, cuando menos, los dos últimos gobiernos del Reino de España. ¿Por qué los jueces son tan solícitos para algunas cuestiones y, en cambio, han tolerado la ruina del país consumada por Zapatero y Rajoy? ¿No cabría situar en la inconstitucionalidad a dos partidos, PSOE y PP, que han dinamitado el carácter social de nuestro país recogido en el artículo 1 de la Constitución?
     Escribía en otro lugar que vemos con pasmo que lo que estaba prohibido, ahora está permitido sueldos desorbitados, sacar dinero del país, vaciar instituciones, usar información privilegiada, y que lo que estaba permitido —derecho a manifestación, libertad de expresión, derecho de reunión están, de facto, prohibidos. Vemos que desaparecen las garantías de reparto de la riqueza social y aumentan las desigualdades ; que los políticos que gestionan la transferencia de renta desde las clases medias y bajas a los ricos tienen la llave de la puerta giratoria que les permite un futuro cómodo en las grandes empresas; que cualquier tipo de protesta pasa a ser criminalizada por esos políticos que están gestionando ese robo de los de abajo hacia los de arriba (llevando a suelo patrio lo que antes se hacía entre continentes). "Por la mitad de lo que estos están haciendo yo me he pasado diez años en la cárcel", dice el bróker de Wall Street , la película de Oliver Stone, viendo a nuestros actuales dirigentes. Y eso que no sabía ni lo de la Infanta, ni lo del coche en el garaje de Ana Mato, ni lo de la escritora fantasma de Mulas, ni lo de los sobres del PP. Cuando lo ilegítimo se convierte en legal, nace el momento de la desobediencia . En América Latina se preguntan a qué está esperando Europa.
     Los escraches son nuevas reglas del juego para una nueva partida democrática. Y tienen la misma oposición que en su día tuvo el sufragio universal, el derecho a huelga o a manifestación. El escrache es un diálogo directo con los "mandatarios" que se convierten otra vez, gracias a ese acto de diálogo forzado, en "mandatados". Que es lo que siempre han sido, aunque el abandono de la conciencia democrática le dio la vuelta a los papeles. Los escraches tenemos que entenderlos como la actualización en el siglo XXI de la rendición de cuentas democrática, de la exigencia del cumplimiento cabal de los programas electorales (o la convocatoria de nuevos comicios), de la reclamación de comportamientos acordes con la soberanía popular, de la renovación de la construcción de la voluntad popular más allá de la distancia que marcan los partidos, de la reivindicación de la honestidad en el ejercicio de los cargos públicos.
    Déjenme repetirlo: los escraches son el penúltimo intento amable de un pueblo que quiere hacerse escuchar. Con los escraches, el escenario, en cualquier caso, se clarifica: los diputados que no soporten la cercanía de los electores, que se marchen. En democracia, es el pueblo el que manda. Aunque expresarnos así parece devolvernos a un lenguaje que se hablaba en tiempos arcaicos. ¿Quieren seguir manteniendo los políticos la impunidad? ¿Quieren trabajar para otro señor que no es el pueblo y que nadie les demande por su traición? ¿Va a convertirse la política en un negocio paralelo al desmantelamiento de los sistemas de previsión social?
La salida fácil es decir que los escraches son una forma de amedrantamiento que pertenece a los regímenes fascistas. Se equivocan. Las tensiones entre sectores sociales pertenecen a todos los regímenes que mantienen desigualdades. ¿Quién sin que se le caiga la cara de vergüenza va a defender que un escrache es más violento que un desahucio, que un despido, que un corralito, que el cierre de la universidad y las urgencias, que una mentira electoral, que las machadas de los antidisturbios, que las multas por ejercer la democracia?
Los que están en contra de los escraches son los que están a favor de otras formas de protesta que ya no cambian nada. El mismo diputado del PP que vota en contra de la ILP, es decir, el mismo diputado que construye "fascismo social" expulsando de la ciudadanía a una parte importante de los españoles y españolas, dice que los escraches se emparentan con las señales pintadas por los nazis en las tiendas de los judíos. Es al revés: son ellos los que nos cuelgan la estrella en el pecho negándonos el sustento, la vivienda, la salud. Esa democracia que defienden sólo existe en sus discursos. Hace tiempo que se ha ido.
Igual que Israel se comporta con los palestinos con maneras de nazis, el neoliberalismo está haciendo de nuestros países un enorme campo de concentración enmascarado en formas democráticas . Una queja que no es oída no tiene efectos democráticos. Por eso los escraches están devolviendo la democracia perdida o quizá, incluso, están permitiendo el advenimiento de la democracia que nunca hemos tenido. La democracia se gana siempre en la confrontación. Por eso dijo Fraga que la calle era suya. Los derechos siempre se ganan o se pierden en el pulso político. Y una forma clara de ese pulso, hoy, son los escraches. Es normal que el PSOE, el PP, UPYD, CIU o el PNV estén en contra. Tan evidente como que hay que regresar a los lugares donde nacieron los partidos. A la calle. Los escraches ya han empezado a marcar el camino.
 
Juan Carlos Monedero es profesor de ciencia política en la Universidad Complutense.
Fuente:http://www.publico.es/453525/escraches-la-democracia-que-nos-han-robado

sábado, 30 de marzo de 2013

EL CONCEPTO DE "VIOLENCIA"

Miguel Luis Jiménez
Coordinador Frente Civico Somos Mayoría de Málaga

La violencia; todos estamos en contra de la violencia. Sin embargo, la violencia es un concepto muy interesante de analizar en el actual contexto social que vive España. Estos días atrás, la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) han iniciado una campaña de “señalamiento público” de aquellos responsables políticos que, pudiendo cambiar la actual legislación hipotecaria, no lo hacen. Consiste en ir a aquellos lugares públicos, domicilios o actos institucionales y señalar a estas personas de forma pública como responsables del drama que miles de familias humildes están sufriendo a causa de los desahucios.

Esta campaña, además de por los directamente implicados, está siendo condenada de forma sincronizada por la inmensa mayoría de los medios de comunicación y sus seudoperiodistas, que analizan la actualidad en multitud de tertulias y debates.  En ellos, se tacha de delincuentes y pseudoterroristas a los ciudadanos que participan en esta campaña de señalamiento público.

Terroristas, delincuentes, fanáticos, violentos… los adjetivos que se han utilizado son numerosos, todos insidiosos. La única finalidad es intentar destruir una iniciativa que está empezando a trasladar el miedo, desde unas clases sociales que cada vez tienen menos que perder, a una élite dirigente que empieza a sentirse respondida con contundencia.

Nos llaman violentos y claro, todos estamos en contra de la violencia. Pero habría que precisar que estamos en contra de TODA clase de violencia. Podemos entender que los señores ministros y diputados del PP se pueden sentir violentados en su tranquilidad del día a día cuando llegan a sus domicilios y son esperados por ciudadanos que no tienen dónde irse por que han sido desahuciados por una ley hipotecaria ilegal a juicio del Tribunal de Justicia Europeo. Podemos entender que se sientan violentados cuando llegan a un acto público y la ciudadanía los increpa como responsables, como colaboradores necesarios de una ley hipotecaria dictada por los bancos y que ignora el interés general.

Pero ya que todos estamos en contra de la violencia, coincidiremos en que también es violencia una ley hipotecaria que lejos de arbitrar entre los intereses de los ciudadanos y las entidades financieras, sólo pretende salvaguardar los intereses de estas últimas. También es violencia poner en la picota de los medios de comunicación a aquellas personas relevantes de los movimientos sociales organizados y tratarlos de terroristas y delincuentes, sin posibilidad de defensa alguna. También es violencia una reforma laboral que subyuga totalmente a los empleados a la voluntad del empleador. También es violencia que el acceso a la justicia dependa de la capacidad económica del interesado para poder llevar el proceso judicial hasta el final, después de la ley de tasas judiciales recientemente aprobada. También es violencia la destrucción del Sistema Nacional de Salud en beneficio de empresas privadas que comercializan con la salud. También es violencia la degradación de la educación en todos sus niveles y de los profesionales que la sustentan. También es violencia que la Constitución sea papel mojado, que la Declaración Universal de Derechos Humanos sea incumplida y que la ley electoral no recoja fielmente la voluntad popular de la ciudadanía. Violencia es una  circular del Ministerio del Interior a la Policía Nacional dándole instrucciones de identificar y detener a todos los ciudadanos que participen en escraches. Todo esto y mucho más, también es violencia.

Así pues, no estamos ante un debate de si estamos a favor o en contra de la violencia. Todos estamos en contra de la violencia. Estamos ante el debate de si un pueblo tiene derecho a la autodefensa, a autodefenderse de un gobierno secuestrado por los poderes económico-financieros mundiales que utilizan esta OTRA VIOLENCIA para degradarnos de ciudadanos a esclavos. Este es el escenario y esta es la lucha.