
Carta de un joven a los buenos y a los malos españoles.
Buenas tardes, España:
Permitid que, en primer lugar, me disculpe por titular de forma tan provocativa esta pequeña carta que he querido enviaros. Yo también soy un febril amante de los buenos modales pero, en esta ocasión, he decidido dejar de lado el comportamiento civilizado que mis padres me han inculcado (¡a pesar de ser "sólo obreros"!), y llamar a las cosas por su nombre a lo largo de estas líneas.
Empezaré por hilar las cosas desde el principio con la esperanza de que, tal vez, haya al menos una conciencia que se remueva al leer esta misiva. No soy ni joven ni viejo, pues como diría Allende "hay jóvenes viejos, y viejos jóvenes", pero he acumulado suficientes años sobre mis hombros como para entender el mundo que me rodea, e incluso para enojarme al hacerlo. Así que, con "la épica nobleza castellana, y el ansia altiva de los grandes hechos", he querido dejaros constancia de mi absoluto enfado y contaros los motivos de mis desvelos.
Cuando se firmó el Tratado de Maastricht, allá por los años 90, yo apenas había empezado a vivir. No sabía de aquellas cosas, sino sólo de juguetes y sonrisas familiares. Pero otras personas, mucho mayores que yo, advirtieron entonces del cataclismo que sobrevendría tras aquel acuerdo. Por mi parte, crecí en completa ignorancia, como deben hacer todos los niños: ser felices. Ya habrá tiempo para desdichas. Tuve la suerte de nacer en una familia pobre pero honrada y trabajadora, amante de la libertad pero no del libertinaje; situada "más allá del Bien y del Mal" a causa de múltiples avatares históricos a lo largo de su existencia como linajes separados. Gracias a estas circunstancias, y a otras a las que no sería necesario acudir para que me entendáis, pude yo acudir a la escuela (pública y privada) y, a la vez, crecer como persona mediante las lecciones morales y éticas de mis padres.
¡Qué alabanzas y loas deberían cantar los que, como yo, han tenido esta suerte! No sólo me dieron una educación, sino que me ENSEÑARON a pensar: antes de cumplir 18 años, ya sabía distinguir a buenos y malos gobernantes, sabía diferenciar entre buenos y malos proyectos políticos. Entre quienes mienten, y quienes mienten aún más. Fui a la Universidad (¡a pesar de los denodados intentos de la casta política, que pretendían lo contrario para mí y los que eran como yo!), y aprendí más de lo que nunca hubiera imaginado. Entonces estalló la crisis.
Hablan de crisis económica, crisis financiera o crisis global. Y lo hacen utilizando tales términos con total impunidad y de forma eufemística, para enmascarar la verdad. Una verdad que hunde sus raíces en Maastricht y que, como ya he dicho, mucha gente advirtió en aquel entonces. Incluso habrá quienes, en un exacerbado argumentario ideológico, lleguen a exponer razones que rebusquen más allá de aquel Tratado, que unía a países tan dispares como España y Alemania bajo una política de igualdad... ¡sin haber asegurado previamente esa igualdad! Igual que pasa con cualquier mentira, aquella fantasía de equiparación europea se convirtió en una bola de fantasmas y utopías, y echó a rodar sin que nadie hiciese nada para frenarla o desviarla de su rumbo. Todos, sin excepción, se dedicaron a alimentarla, a hacerla aún más grande. Una mentira lleva a otra, y a otra, y a otra.
Dicen que estamos ante una crisis económica, sistémica y global. Que el pueblo llano ha vivido por encima de sus posibilidades, a pesar de tener el Salario Mínimo Interprofesional más bajo de Europa. Que los recortes en Sanidad y Educación son necesarios, pero que la Iglesia y sus privilegios son intocables. Que hacen falta menos funcionarios, pero que la figura de la Monarquía es inamovible. Que hay que perseguir el fraude fiscal del pequeño empresario que no emite facturas como debería, pero que hay que regalar todo tipo de licencias a lupanares de dimensiones épicas como Eurovegas. Que hay que pagar un Euro por receta médica, mientras que hay que regalarles ordenadores portátiles a los parlamentarios. Que los abortos son contrarios a la voluntad de Dios, pero que los suicidios por desahucios sólo son "lamentables". Que el jubilado debe cobrar menos, pero que el Senado debe tener una página web terriblemente cara, acorde con la naturaleza ostentosa y disfuncional de dicha Cámara. Que nosotros, los jóvenes más preparados de nuestra Historia, abandonamos España en busca de trabajo porque queremos conocer las "bondades" de las fiestas en otros países, como si fuésemos Willy Fog.
Sí, nos dicen que es una crisis económica, sistémica y global. Pero en realidad se llama ESTAFA, se llama MENTIRA, se llama ALTA TRAICIÓN. No obstante, parece que eso no os importa, malos españoles. Os llenáis la cara con los colores de la bandera, gritáis hasta quedaros roncos, y hacéis sonar las bocinas cada vez que la Selección de fútbol marca un gol. Seguís tumbados en el sillón, viendo programación basura y quejándoos de lo mal que está la situación. Sí, sois unos asquerosos descerebrados. Todos vosotros, que no movéis ni un dedo para arreglar este desaguisado. Preferís no pensar, ¡y esa es la mayor victoria del GRAN ENEMIGO! ¿Dónde queda ese orgullo patrio, ese ardor guerrero, de los que SE DICEN españoles? ¿Dónde están los que derribaron la monarquía y trajeron la democracia hace 80 años? ¿Dónde quedan aquellos que dieron al mundo un idioma tan rico y prolífico, lleno de increíbles pensadores y autores? ¿DÓNDE ESTÁ ESPAÑA AHORA? ¡Bebiendo cerveza en el bar, jugando al dominó o, peor aún, VIENDO CANALES DE TELEVISIÓN QUE LES MANIPULAN Y LES BARREN EL CEREBRO!
Sí, nos dicen que es una crisis económica, sistémica y global. No obstante, es mentira. Muchos buenos españoles andan gritando en las manifestaciones (esas a las que vosotros, malos españoles, no vais nunca) que los culpables tienen nombre y apellidos. Nos amenazan con el terrible "Mercado", como si fuese el Hombre del Saco que vendrá de madrugada a matarnos si no nos endeudamos y pagamos esas deudas, pero es un ídolo falso y hueco. No es una crisis monetaria ni financiera. Es una CRISIS DE IDENTIDAD. Hemos olvidado qué y quiénes somos. Por eso os animo a que gritéis conmigo, de cara a la Moncloa, el mensaje más claro que podemos darles:
"SOMOS EL PUEBLO, SOMOS MAYORÍA, Y OS DECLARAMOS CULPABLES"